23 may 2010

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(La entrada presente no nace como una burla hacia creencias religiosas sino que las utiliza para mofarse de las prácticas humanas que en este salmo quedan implícitas.)

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Señor, tú me has regalado la vista de la hoja verde.
De ellas haré el billete.
Del barro has creado al pobre,
y de él formaré la base de mi lujo.

Así como el pontífice luce su bastón de oro
luciré los dientes de mis esclavos como gemas.
Con tu poder magnifico has creado los océanos,
y los has condimentado con sal.
En ellos flotará el fruto de mi interior,
y compartiré mis alimentos con los peces.

¡Oh, Glorioso Creador! En tu seno descansa el diamante,
y de él me fiaré para obtener otros senos.
Tú has puesto todo a MI disposición,
guardaré celosamente mis terrenos del enemigo,
y de ellos obtendré las ganancias necesarias e innecesarias.

Protégeme del que poco tiene porque también espera que tenga yo poco.
Las palabras del envidioso son veneno para mi alma como el cianuro para sus tierras.

Tus ángeles con corbata me protegen
y a ellos le debo la vida (y dinero).
Ellos combaten a los oscuros (y embarrialados) demonios
que celan mi dicha y mi riqueza.
A ellos darás muerte y mi palacio vencerá.

Dios de los buenos,
Agradecerte sería fútil
Ya que tú me quieres y lo haces gratis.
Acoge mi oración y no me molestes.

12 may 2010

Oda a la nada

Sobre la hipocresía

En la vida, todos hemos de graduarnos con el juramento hipócrita. No sea dicho esto descalificando el juramento hipocrático de los médicos, ni tampoco es una declaración con tono sarcástico. La verdad es que cada uno de los individuos que se mantiene con vida sobre la faz del planeta (u orbitando sobre su atmósfera) debe rendir honor a la hipocresía.

Asumiendo una intención opuesta a la del desprecio a la hipocresía, el respeto que debe darse a la misma es de resaltarse en esta amena redacción. Durante nuestro desarrollo, la habilidad para fingir empatía hacia los demás se refina mientras nuestras relaciones se tornan cada vez más complejas. De niño es fácil aceptar las sandeces del profesor que este hace llamar enseñanzas. Pero al crecer comprendemos la importancia de ese porcentaje de la evaluación bajo el nombre de “concepto”. La historia que nos cocinan los docentes es que este no hace referencia a lo que piensa el profesor del alumno; definitivamente no se trata de otra cosa más que del concepto que el maestro se forma sobre su pequeño discípulo. Es solamente lógico fingir una actitud agradable mientras el docente se encuentre por los alrededores, de lo contrario, la súplica por esos puntos que faltan para aprobar la materia sería simplemente una muestra de lo patético que el estudiante realmente es.

Por esto, el cultivo de la hipocresía se torna relevante como método de supervivencia. Así es como nos evitamos que el niño abusador (o “bully”) nos termine golpeando, evadimos la incomodidad de expresar nuestro desprecio por ese regalo que nuestra tía nos dio para navidad, o incluso nos podemos salvar de ese tedioso castigo que nuestro padre o nuestra madre estaban a punto de imponernos. Estaría mintiendo si negara haber fingido arrepentirme de algún acto solamente para no recibir un castigo.

Es de esta forma como la falsedad se nos presenta como un instrumento más que una característica despreciable del hombre. De hecho, no sería falso admitir que esta podría ser señal de astucia. Entonces se entiende al hipócrita como un adaptado social.

Es comprensible que la mente moralista entienda lo anterior como una ofensa a la ética y a la moral. Todos los grandes pensadores (o aquellos que pensaban que pensaban) honran la virtud de sus ideales y esculpen la figura de los grandes líderes que formaron naciones y lograron la paz entre las mismas. No resto crédito a los actos de estos personajes, pero les otorgo extra crédito por su astucia hipócrita. Desde Karl Marx hasta Nelson Mandela, todos los titanes de la historia social cultivaron su habilidad como farsantes. No necesariamente falseaban su afecto a su filosofía de cambio, sino que para lograrla necesitaban falsear su afecto a las autoridades que les permitían moverse entre las masas. De lo contrario jamás se les hubiese permitido publicar en absoluto sus pensamientos revolucionarios.

Aunque cada ser pensante sabe, como conocimiento “a priori”, que la política es un mundo de falsedad, creo que la mayoría desconoce que ese mundo aplica en nuestra vida cotidiana. La amistad, el amor de pareja, las relaciones con padres y profesores, es un micro universo de política-no política y, por ende también se destaca la falsedad.

Y es que, aunque de adolescente la idea ferviente sea “odio la hipocresía”, pareciera ser cierto que es con el mismo juramento hipócrita que logramos alcanzar nuestras metas en la vida. Hasta con nuestra pareja debemos aparentar ser algo que no somos por el bien de la relación, sabiendo perfectamente que, al revelarnos por completo, el nivel de tolerancia de la contraparte desciende a niveles congelantes… pero esa es otra historia. Por ahora, podemos descansar pensando que los demás son tan falsos como uno pero esa falsedad es una honesta parte de nosotros como personas.