Lo que la experiencia dicta contradice, en muchos casos, las enseñanzas de nuestros progenitores. Sea dicho esto con toda franqueza: la honestidad no es la mejor política. A pesar de habernos formado en familias cuyo culto es dirigido hacia la verdad dictada por los demás, no sería mentira decir que nuestros padres no han sido francos con nosotros en todo el curso de tiempo que nos han visto crecer.
Para nadie es desconocido el hecho de que, al decir las cosas con total veracidad, los resultados no siempre funcionan ni a nuestro favor ni al de nadie más. Con esto no se implica que haya problema alguno con respecto a la elección entre verdad y mentira como herramienta de resolución de conflicto, pero ha de admitirse que si decimos que “la verdad es la mejor política” estaríamos realizando una afirmación semánticamente contradictoria puesto que es poco sabido que algún político utilice la verdad en sus demagógicos discursos.
Esta es la razón por la cual se hace deducible que el mentir es el valor principal de la resolución de nuestros conflictos; de todas formas la verdad es desconocida hasta para el mentiroso mismo. Tomando como ejemplo las relaciones amorosas (son estas las más ricas en materia de mentira… después del mundo de la política, obviamente.). Una persona nunca le dice la total verdad a su pareja de forma súbita pues sería una situación análoga a una alta concentración de energía liberándose de igual manera causando una explosión nuclear. Los imperfectos, asumiendo que quisiesen ser arreglados, serán regularizados paulatinamente. Es esta la razón por la cual un hombre jamás admite a su pareja que, en efecto, sí siente deseos carnales hacia su amiga; siempre dice sentir un afecto amistoso y agradable hacia la misma. Ello nos lleva a analizar el siguiente aspecto de la verdad como política: ¿qué tanto se puede mentir si se cuenta con la demagogia?
Existe un caso en el cual una madre pregunta a su hijo si ha realizado “la tarea” o no. El hijo responde afirmativamente a pesar que no había hecho la tarea de ese preciso día mas sí la del día anterior: la madre, al no especificar la tarea a la que hacía referencia, recibió una respuesta veraz de su hijo mas no era la afirmación que ella creía haber recibido por parte de su hijo. Es ahí donde entra la incógnita formulada en el párrafo anterior (en este caso utilizo la redacción presente para no redundar en la misma pregunta y contextualizar con mayor facilidad al lector… aunque tenga que leer más de lo que hubiese querido leer desde un principio y el autor tenga que escribir más de lo que hubiese sospechado desde el inicio.) y es que la veracidad de cualquier declaración es de difícil cumplimiento pleno. No es sencillo comprobar la verdad absoluta de nada dado que la premisa más básica requiere de la credibilidad del emisor y la inminente credulidad del receptor. Es de esta forma cómo se explica que el mejor abogado es aquel que conoce a su juez sabiendo que éste adoptará una posición siempre parcial sobre cualquier caso.
Lo cierto es que, aunque se debata en el dominio filosófico, sobre lo que es veraz y lo que es verosímil (que no siempre es lo mismo) y lo que es falacia o no, no hay nada que pueda ser comprobado como cierto. Es la manera como se formen las declaraciones lo que sumará o restará credibilidad a la persona y su discurso.
De manera lógica se asume (apresuradamente) que si lo anteriormente dicho es cierto, entonces no existe la mentira. Por ende, la verdad no es la mejor política; pero la mentira no lo es tampoco. Al sobre pensar estas palabras inevitablemente se caerá en una eterna paradoja que es innecesaria analizar. Por ello, concluye este escrito con la siguiente secuencia lógica sobre verdad, mentira y política:
Si la verdad es la mejor política y la política es conocida como una gran mentira, se asume que la verdad es la mejor mentira.
30 ago 2010
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