Él, tan elegante, siempre hablaba con prestancia cuando trataba de temas intelectuales: siempre sin dejar de lado el humor característico de un cínico que capta el cuadro completo de cada situación desde lejos. Sus expresiones eran poco acostumbradas de un uomo cuya edad no rebasa los treinta y cinco; le caracterizaba la verborrea. Siendo el centro de atención de la mayoría de los eventos a los que asistía, no fue sorpresa cuando le dispararon directo al cráneo: quien fuese el francotirador tuvo un trabajo sencillo.
La noche del veintitrés de mayo quedará grabada en mi memoria hasta que la muerte cobre mis deudas. Ello no solamente por el hecho que asesinaran a Víctor Nuñez, el amante de mi padre, sino porque esa misma velada fue la testigo de mi mayor crimen.
Sé que, con lo anteriormente dicho, el lector asumirá naturalmente que fui yo el francotirador que disparó al cráneo de mi padrastro mas no ha de caerse en suposiciones apresuradas; por lo menos no sin antes escuchar mi versión de los hechos.
El día anterior a la velada Irene, mi madre, me había visitado temprano. Siempre acostumbramos tomar un café la última semana de cada mes con el propósito de someter a discusión diversos temas relacionados a los acontecimientos de nuestras vidas. Ese día, tocamos el tema de la excentricidad de mi padre pues siempre ha sido un personaje particular, sobre todo después de su confesada orientación homosexual. Irene y yo nos deleitamos argumentando sobre las desgracias que la separación le trajo a ella. Me mencionó cómo había ya deseado varias veces la muerte de Ernesto mas siempre concluía admitiendo sus faltas de agallas para hacerlo. Antes de terminar la charla me admitió que tenía que finiquitar unos asuntos pendientes; no podía pasar el día sin hacerlo… nunca dijo de qué se trataba. Sin embargo, en el momento tenía yo otras preocupaciones de las que no podía prescindir.
Horas más tarde me reuní con uno de mis acreedores para, al final de la actividad, quedar aún más endeudado de lo que me encontraba antes de haberme reunido. Recuerdo cómo le maldije al salir y me encaminé hacia el bar. Me esperaba Giaccomo Rossini, un tipo cuyo nombre delata su descendencia étnica y el cual, en el contexto relatado, bien puede presumirse como un uomo di famiglia. Me sorprendió notar un tono de ironía en su voz cuando me llamó su “mejor hombre”. En ese lugar, lleno de almas que no conocen la sobriedad, el humo que salía de las bocas de los facinerosos parecía ahogar mis pensamientos. Tenía que salir de aquel lugar, pero Rossini no es un tipo al que se le escapa fácilmente; tenía un trabajo para mí. Antes de proceder a narrar el evento sucesivo se hace menester resaltar que yo nunca había disparado un arma ni ostentaba hacerlo. Tampoco se puede decir de mí que aspirase a un puesto de reputación despreciable mas el acontecimiento siguiente representa la línea entre lo que no quería hacer y lo que me he visto obligado a hacer. Mi primo, Alberto, entra al lugar y comienza a disparar indiscriminadamente. Mientras todos intentábamos cubrirnos, algunos en vano, un hombre de Rossini me entregó una Colt SCW gris, para defenderme. En el momento mis pensamientos giraban en torno a la duda del lugar de procedencia del arma, no obstante el tiempo no era un elemento que permitiera la formulación de hipótesis. Entonces traté de agarrar el rifle con una mano mientras con la otra cubría mi cabeza. Evidentemente fue un intento fallido puesto que no contaba con el peso del aparato. Al utilizar ambas manos para sujetar el artefacto situé mi dedo sobre el gatillo y disparé sin ver hacia dónde apuntaba. La bala salió proyectada hacia la garganta ahora sangrante de Alberto. La imagen de mi primo cayendo al suelo ensangrentado, viéndome directamente a los ojos, quedará perenne en mi memoria.
El hombre de Rossini me levantó de la camisa y con un beso en el cachete me manifestó su alegría de haberme entregado el disparador. Estólido, dirigí mi mirada hacia Rossini quien no se molestó en devolverme la mirada; hablaba con uno de los suyos quien se acercó a mí y me llevó a la bodega. Francesco Protti era el nombre del sottocapo que preguntaba por mi experiencia con armas en aquel oscuro lugar. Con un poco más de ánimo le respondí a su pregunta.
-De ahora en adelante, no puede usted andar solo por las calles.- me decía con voz frívola y despreocupada. –Si no cuenta usted con nosotros quedará como culpable del homicidio y secuaz mío. La justicia le va a buscar y no podemos jugarnos el chance de tenerlo suelto por ahí contando la situación e incriminarnos. ¿Entiende la situación?- Creo haber asentido con la cabeza mientras le pregunté -¿conocía a Alberto?- Francesco asintió. Al tiempo que volvíamos a la parte principal del bar me relataba que hacía tiempo mi familiar le debía dinero a Rossini por un asunto que no me detalló. Aparentemente ese fue su intento por escapar de sus deudas. Ahora yo era quien defendió el manchado nombre de Giacomo. Fue entonces cuando, después de unas pruebas violentas de mi lealtad al italiano hijo de puta, me dejaron salir del lugar habiendo yo dado mis datos para ser contactado en cualquier momento para laborar como un tipo de sicario.
Inmediatamente después del bélico acontecimiento, me dirigí donde mi padre. La conciencia se convirtió en mi verdugo y quería descargar mis débiles sentimientos con el hombre que me enseñó de honestidad y decencia. Al llegar a su habitación, fui recibido por Karla, mi tía. No era usual que atendiera ella la puerta pero no me preocupaba porque parecía haberse tomado las pastillas contra los brotes esquizofrénicos, a la vez me sentía intranquilo sabiendo el paradero de su difunto hijo, quien me convirtió en el autor de su propio asesinato. Ernesto me recibió en la cocina con su típica sonrisa satisfactoria; recuerdo haber visto esa sonrisa todos los jueves por la mañana puesto que el día anterior siempre pasaba la noche con Víctor. –Está en el cuarto.- me respondió con el desdén que siempre guardaba para mí, hacia el cual desarrollé cierta inmunidad e indiferencia. Víctor estaba acostado en su cama, leyendo sus novelas criminales, como lo esperado. Al verme saltó alegre y me abrazó rozando sus bíceps inhumanos contra mis escuálidos hombros. Le comenté que me sentía prisionero del miedo y, sin preguntarme por qué, comenzó un discurso en el cual citaba a varios poetas cuyos versos lograron el objetivo de Víctor: tranquilizarme. Le pregunté sobre su actual actividad; me contestó que estaba haciendo los preparativos para la celebración más importante de su vida. Lastimosamente no reveló cuál era; había organizado toda la actividad para dar una importante noticia. Debía esperar hasta esa noche para saber. El resto del día se torna borroso; sólo recuerdo haber pasado en vela meditando sobre lo acontecido.
La mañana del veintitrés de mayo comenzó con el abrupto llanto de mi madre frente mi jardín. Corrí hacia ella semidesnudo y quise indagar sobre el motivo de su llanto. Al escuchar su respuesta sentí cómo mi espalda se convirtió en la trasmisora del glaciar sentimiento de miedo que nunca nadie que no esté en mi situación podrá sentir. El cuerpo de Alberto, partido a la mitad y guindando en su ropero contenía una nota suicida dirigida a ella.
Le serví un té para calmar su nerviosismo e intentando esconder el mío. No podía concentrar mi atención en su narración; sólo podía imaginar el cuerpo del Alberto viendo hacia mi madre; una mirada vacía queriendo confesarle mi pecado. A la vez me invadían las preguntas imparables. Desde entonces logro entender la expresión “pensamientos que revolotean y pican como abejas en un panal”. “¿Quién puso el cuerpo ahí?, ¿Porqué a mi madre?, ¿Porqué cortado a la mitad?, ¿Será una broma?”. Mi madre juró que Dios se vengaría del psicópata inhumano que haya realizado ese acto tan cínico. Lo que desconocía ella es que hay más de un culpable: uno que lo asesinó y otro u otros que pusieron su cuerpo abierto en su ropero. Decidió llamar a la policía y esperar hasta después de la fiesta de Víctor para contarle a Karla y a Ernesto.
Luego de la escueta conversación se marchó con desánimo y con una mirada ilegible en su rostro. Aproveché entonces para encaminarme hacia el lugar de la muerte de mi familiar. Cuando pregunté por Rossini me comentan que me había estado esperando.
-¿Porqué?- fue lo único que pude decir cuando lo vi sentado en la cocina del bar con la Colt SCW manchada y un papel en la mano.
-Supe lo de tu primo y te juro que no tuve que ver con el asunto.- Me recibió -Ahora, no es tiempo de meditar ni llorar: te necesito. Hay un tipo que me está causando problemas y ocupo ponerlo a dormir. Aparentemente conoces a este uomo.- Añadió. -¿De quién se trata?- respondí dubitativo.
-Se trata de alguien que tiene otra famiglia, en la zona. Y uno tiene que proteger a los suyos. Desconozco el aspecto de este uomo de nombre Ernesto Valencia Martínez- dijo sin dudar. Al oír el nombre de mi padre quedé perplejo. Se me pedía que diera información de dónde se situaría esa noche. Respondí. Pero no pude acertar con el momento exacto en el que estaría al ojo público.
Posteriormente, en la celebración del motivo todavía desconocido, mi padre iba a introducir a su amante para dar el discurso. Ése era el momento exacto en el que había dado la orden para que dispararan. Algo salió mal.
Ahora el motivo de la celebración se convirtió en la asistencia de la muerte del que realmente fue mi padre.
Hoy, años más tarde supe lo que sucedió. El italiano me comentó todo lo que había pasado esa noche.El francotirador que disparó en la sien a Víctor, se llama Irene Martínez quien, habiendo creído que el ahora difunto había sido el autor del homicidio de Alberto, cobró vana venganza de él. La nota de suicidio había sido firmada con la letra de Víctor mas era una auténtica falsificación de mi padre. Que quiso enloquecer a mi madre… él sabía que ella trabajaba para Rossini. El hombre a quien desprecio utilizó a su pareja como carnada para no recibir el tiro. Ahora está tras los hombres de Rossini, incluyéndome. La noche del veintitrés me convertí a la omertá de Rossini, el enemigo de mi padre.
5 oct 2010
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