La presente entrada carece de una certera manera de introducir el tema a exponer. No importa cuánto se intente describir la forma de sentirse con repecto a su pareja pareciera siempre estar o incompleto o escrito de manera equívoca. Creo tener la seguridad de declarar tal cosa como una regla sin excepción alguna; no existe persona que una las palabaras tan ingeniosamente que exprese sin cábida a la ambigüedad sus sentimientos hacia otra persona. Creo, entonces, que todo intento (incluyendo el presente) es raíz y causa infalible de mofa.
Desconozco la dinámica de aquellos que comparten el sexo (no refiréndome al coito sino a las características físicas y hormonales de cada individuo) sin embargo en las relaciones entre aquellos cuyos géneros, genitales y torrentes hormonales difieren la dinámica es un asunto de suma curiosidad digno de un riguroso análisis que no es menester hacer. Pero por la neta diversión del caso procederé a realizar el mejor intento de análisis.
Como bien ya está implícitamente estudiado en la historia, la mujer y el hombre han manifestado conductas abismalmente opuestas en dirección. O sea que el hombre busca el ocio mientras la mujer busca el argumento. Pues bien, esta diferencia se hace tan palpable como el cuerpo mismo en las relaciones de pareja. Hágase digno o digna de tomar como ejemplo alguna vez en la que ha discutido con su pareja por asuntos nimios que luego van adquiriendo gravedad hasta concluir que ninguno comprende al otro ni total ni parcialmente. La conclusión da, como conducta manifiesta, el sometimiento del hombre hacia los caprichos medio irracionales de la mujer. Esto sea gracias a la resignada conclusión masculina de que nunca entenderá lo que quiere su pareja femenina. Está demás decir que la mujer acepta tal conducta mientras lleve hacia el cumplimiento de los mencionados caprichos.
Ahora, queda claro que la mujer halla cierto placer en el displacer del hombre mientras este se encuentra en un estado de indiferencia hacia los sentimientos de su pareja. Esto resultado del agotador trabajo que causa el considerar tales sentimientos, lo que lleva a la caballerosidad, que no es más que un comportamiento de sometimiento total por parte del hombre hacia los ya mencionados caprichos femeninos.
Sobra decir (y aún así lo hallo necesario...) que ello conlleva a un placer momentáneo que luego, por la falta de escucha innata del hombre, forma causa de postriores discusiones sin convergencia ideal alguna.
Forma ello parte importante de la dinámica de parejas heterosexuales. Y, por mucho que se intente, el fin siempre es el mismo. La relación llega a su cíclico fin con el único propósito de comenzar uno nuevo con la misma vulgaridad de eventos.
Con todo no puedo dejarme de preguntar el fin de complicarse tanto buscando una pareja cuando se encuentra uno tan bien estando por sí mismo. Las respuestas no me satisfacen lo suficiente como para abandonar mis intentos por no agobiarme con el infinito ciclo de la relación amorosa.
18 ene 2010
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