La niñez; la etapa en la que los juegos y la diversión son base del aprendizaje del individuo en desarrollo. Queda holgado el campo en el que se encuentren las palabras que traten de describir la importancia de un buen manejo parental. Los niños no ven importancia en una serie de conceptos en los que los adultos sí vemos. Esa es la sencilla razón por la cual pareciera que el infante fuese negligente o rebelde ante las ordenanzas impuestas por sus padres. El progenitor erra al tratar de hacer entender a su hijo o hija las normas por medio de griteríos y enojos espontáneos.
He aquí la exposición de mis recuerdos con respecto a esta materia.
De niño, lo único que realmente me importaba era el nuevo programa de televisión que estaba a punto de salir al aire o el nuevo juego que mis congéneres me habían enseñado. Mas la importancia de mayor relieve en mi vida, según mi madre, era atribuida a la responsabilidad (concepto que no intentaba rechazar mas veía difícil de adoptar). Cualquier persona que comparta los mismos problemas de atención que parezco tener comprenderá que la vida con los padres es faena ardua durante la escolaridad primaria. Y cualquier individuo recordará que una madre enojada daba señal de molestia antes de explotar. Puede ser un gesto facial, puede ser un movimiento de hombro, incluso puede ser una simple mirada penetrante (sí, recuerden aquella mirada cual si su madre fuese un felino a punto de atacar a su presa). En mi caso, la señal de advertencia era una pequeña elevación de la ceja izquierda. ¿Cuántas discusiones desesperanzadoras comenzaron con ese alce de ceja?
En mi desarrollo como infante, llegué a descubrir (como muchos habrán pasado por el mismo proceso) a temprana edad el fracaso de la enseñanza que toma lugar en la escuela. La calificación a la hora de evaluar los esfuerzos del niño son confundidos, tanto por los padres como por los maestros, con la evaluación del niño mismo. Éste fenómeno fue generador de grandes problemas entre mi madre y yo. Mi profesor, consternado por mi "vagancia", le explicaba a mi madre todo lo que no hice durante el trimestre. Esto no era más problema que el hecho que lo hiciera en mi presencia mientras yo veía, a manera de tortura, cómo se alzaba la ceja izquierda de mi madre por cada trabajo que tenía pendiente. En ese momento recordaba mis clases de catequesis e imploraba a Dios que fuese misericordioso e hiciera parar a mi profesor. O bien, servía igual que llamara en ese momento al Patronato Nacional de la Infancia y me llevara como refugiado un par de días, no más. El caos comenzaba una vez llegados al dulce hogar, lugar que hospedó las múltiples injusticias que un niño sufre cuando no resulta ser como su madre o padre esperaba que fuera.
Sí, la infancia no es un proceso dulce en el que uno se refugie. Más bien es un campo de batalla que, al recordarlo, se refortalece la motivación de buscar su independencia. Lastimosamente existen muchos que abandonan el campo de batalla para crear otro dominado por ellos mismos. Pero eso es otra historia.
Ahora, más grande, veo los resultados de la crianza referida. Mi relación con mi madre mejoró más de lo que imaginaba de niño. No obstante el cimiento de mi eduación queda imborrable mas fácil objeto de burla. Con todo y todo, no queda más que crecer y ver las cosas buenas que de eso surgió. Así es como hoy puedo ver las fotos de mi propio pasado y os digo: ¡Salud por los buenos años!
21 feb 2010
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